quarta-feira, 6 de junho de 2007

El Espantapájaros



No sé, me importa un pito que las mujeres

tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible-
no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar, pierden el tiempo las que pretendan seducirme.

Ésta fue, y no otra, la razón de que me enamorase

tan locamente de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entrega y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese volando
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"
y a los pocos segundos
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia

que nos aproximara al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles. Y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera!

aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes,
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender

la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.


Oliverio Girondo

3 comentários:

adriana disse...

me encanta este corto de Tim Burton, narrado por Vincent Price.

pez disse...

Es uno de los poemas que más me gustan. Sea lo que sea.

cynthja garcía disse...

Hacía tiempo que no leía nada de Oliveiro Girondo. Este me gusta, me gusta mucho.