segunda-feira, 8 de março de 2010

Justificando la inconsistencia

Reacomodando hoy mi habitación encontré mi viejo curso de lectura rápida que inicié en Chihuahua y que nunca terminé de hacer. Recuerdo bien a mi asesora de lectura (egresada del ELPAC por cierto) que nunca entendió el problema que tuve para avanzar el curso. Ella decía que durante las primeras semanas del tratamiento me enfocara única y exclusivamente a pasar los ojos sobre toda palabra que leyera, y que me olvidara de entender, por lo pronto, la lectura hecha en sí. Yo entonces le decía que eso me era imposible, porque en las clases estaba obligado a entender las lecturas que hacíamos. (o a ver, traten de leer a Erich Fromm hechos la madre y luego escriban un ensayo sobre la teoría, a ver si es cierto).
La feliz asesora dijo entonces que me las ingeniara, pero debía leer sin entender para pasar a la siguiente fase.

Era hacerle caso, o reprobar Teoría Literaria.


Total, nunca pude terminar esa primera fase que era leer antes que entender. Juro que hacía el esfuerzo; me chutaba los cuentos de Quiroga en dos minutos y los artículos del Selecciones se iban entre sorbo y sorbo. Ciertamente, ésos no importaban si los comprendía o no; nadie iba a aplicarme sus comprobaciones de lectura. Pero cuando se trataba de las lecturas de la escuela, estaba obligado a detenerme en cada párrafo, y digerir cada capítulo, ubicar cada personaje, y entonces toda esa atención que la escuela demandaba era un paso atrás en el curso.

La escuela pues nunca me permitió completar el feliz curso. Aun así me lo traje -ingenuamente- a Guanajuato para aplicarlo durante la maestría, y el efecto fue el mismo, o quizá un tanto peor. Metí entonces el curso a una caja y no volví a saber de él apenas hasta hoy.

Me volvió a la cabeza aquella afirmación que me había hecho durante la carrera hace algunos años, sobre el hecho de que no podré leer como Tim Burton manda, al menos no durante mi periodo estudiantil.
En definitiva, podré comenzar a leer a Nabokov, a Piglia, a Dumas, Bukowski y a toda la infinita lista de libros de mi casa hasta haber concluído, ironicamente, con mis estudios literarios.

Y esto a su vez me lleva a pensar en la paradoja del curso de lectura rápida. Este curso, aparentemente, sólo pueden llevarlo a cabo gente que no está interesada en leer, o al menos, no durante el medio año que dura dicho tratamiento.

-Y lo siento mucho- le dije a mi señora asesora. -Pero me es enteramente imposible suspender mi lectura durante tanto tiempo.

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